Alana y Leila, dos gemelas de doce años, deciden quitarse la vida lanzándose al vacío desde un balcón de su casa. Alana muere a consecuencia de la caída y su hermana sufre heridas graves. Es lo único que sé con certeza sobre la tragedia de Sallent. A diferencia de otras muchas personas que pueblan los platós de televisión y las columnas de los diarios, yo no tengo ni la menor idea de las razones que llevaron a dos niñas a tomar esa decisión, que se me antoja incomprensible.

Revelaba el sábado Mayka Navarro en La Vanguardia que el atestado de los Mossos habla del acoso que las chicas sufrían en su centro escolar, el mismo centro que, amparado por el departamento de Educación de la Generalitat, lo negó con el cadáver de Alana aún caliente. En su crónica, escrita con el rigor de la solvente y veterana reportera que es, Mayka señalaba que Alana era el blanco de sus compañeros porque se sentía más a gusto con el género masculino y quería que la llamasen Iván.

Este detalle sirvió para que la incontinente ministra Irene Montero comenzase el viernes un acto diciendo: "Se llamaba Iván. Y que nadie más tenga que sufrir por ser quién es". Hacer una pancarta con el suicidio de una niña de doce años es repugnante. ¿Sabe a ciencia cierta la ministra de Igualdad que Alana se quitó la vida porque quería ser un chico? ¿Cree Irene Montero que la ley trans habría salvado a la pequeña? Quizás, unas sencillas palabras de consuelo y de ánimo a su familia hubiesen sido suficientes.

Creo que la cautela es obligada a la hora de hablar de cualquier suicidio, pero debe ser todavía mayor cuando se trata de menores. La onda expansiva de un suicidio deja muchas víctimas que se preguntan a diario si no hicieron los suficiente para evitar lo ocurrido. No creo que las especulaciones, las informaciones sesgadas y la rumorología ayuden mucho a quienes en estos momentos deberían ser la prioridad: la familia de Alana y, sobre todo, Leila y su hermano.

Algún medio apuntaba que las gemelas eran víctimas de sus compañeros por su acento argentino y por no saber hablar catalán, lo que unos cuantos también utilizaron para arrimar el ascua a su sardina y arremeter contra la política lingüística educativa catalana, que provoca una inmensa pobreza cultural, pero no creo que sea causa del suicidio de nadie.

Como ven, no tengo ni idea de las razones de Alana y Leila. Confío en que los Mossos hagan su trabajo y que encuentren, si lo hay, al responsable de que dos niñas decidan quitarse la vida. Mientras, quizás ayudaría que todos nos callásemos un poco.