El mundo entero contemplaba a Simone Biles y la mejor gimnasta de la última década falló en su cita más importante, los Juegos Olímpicos. Tuvo la valentía de confesar las razones de su fracaso y sus palabras sirvieron para que unos cuantos descubriesen que los atletas de alta competición no son ciborgs y para que la inmensa mayoría diese rienda a su permanente postureo, esta vez a cuenta de la salud mental, la presión de los deportistas, las depresiones… Nunca un fracaso –porque Simone Biles fracasó– fue tan vitoreado.

Hasta nuestra incontinente ministra de Igualdad se apuntó al carro del aplauso fácil. "Para nosotras Simone Biles ya ha ganado. Parar, cuidarse, vivir. Escuchamos tus palabras y te mandamos todo el apoyo", escribió en Twitter Irene Montero. Algo sorprendente, sobre todo cuando aún no ha dedicado un solo tuit a las medallistas españolas.

La presión es algo inherente a la alta competición y gestionarla eficazmente debe ser uno de los activos de los que llegan a la élite. ¿Se imaginan la presión de Rashford al lanzar el penalty que le paró Donnarumma en la final de la Eurocopa? ¿Pueden hacerse a la idea de la presión con la que Usain Bolt se despegaba de los tacos de cada salida en cada carrera, sabedor de que sólo le valía ganar? Rafael Nadal ha renunciado en ocasiones a disputar un torneo porque no tenía la fuerza mental suficiente para afrontarlo. Por eso, la mayoría de los deportistas de élite cuentan con psicólogos que les dan las herramientas para gestionar esa presión. Tienen ese privilegio –que se han ganado llegando a la élite–, que en muchas otras profesiones no existe.

Les hablaré de las que más conozco: las fuerzas de seguridad del Estado y los periodistas. De los primeros les contaré un par de anécdotas: hace ya unos cuantos años un negociador de la Policía intentó salvar la vida de un suicida con todos los medios y sabiduría que tenía a su alcance. No lo logró. El suicida consiguió su propósito y el negociador dejó poco después su trabajo y pidió destino en una pequeña capital de provincias. Hace más años aún, una inspectora de Homicidios vio cómo un sospechoso mataba a tiros a su compañero delante de sus ojos, sin que ella pudiese hacer nada por evitarlo. También pidió el cambio de destino. Policías y guardias civiles se enfrentan cada día a situaciones de máximo estrés. Los agentes que patrullan en un zeta deben tomar decisiones críticas en cuestión de segundos en escenarios hostiles y cada intervención del GRS, el GAR, la UEI, la UPR, la UIP o el GEO lleva aparejada una carga de presión que difícilmente soportaría el común de los mortales. Y todo eso sin coaches.

Respecto al periodismo, sería un curioso ejercicio comprobar cuántos trabajadores de los medios que han jaleado y llevado a portada las palabras de Biles están de baja por depresión, ansiedad o sobrellevan sus jornadas con lexatines y análogos. Quizás, algunos de ellos esperan las mismas atenciones que sus medios han dedicado a la campeona norteamericana.