La tarde del domingo 14 de febrero, a falta de veinte minutos para que se hicieran públicos los primeros sondeos de las elecciones catalanas, la escritora Pilar Eyre soltaba la perla en su cuenta de Twitter: "Amigos, tengo una información muy grave que atañe al Rey Juan Carlos. Espero poder comunicárosla en las próximas horas".

A estas alturas de monarquía y con el excitante año que llevamos, una se esperaba cualquier cosa. En un giro dramático de los acontecimientos, soñaba con la posibilidad de una reconciliación con Corinna Larsen y sobre todo con Bárbara Rey, emperatriz de Totana, que también fueron las apuestas más fuertes en mis redes sociales.

Más de doce horas después, la finalista del premio Planeta y autora de 'Yo, el rey' comunicaba que el anterior monarca "está en estado grave y la Casa Real valora la posibilidad de su traslado a España".

Prácticamente a la vez, dos medios se encargaban de desmentir la noticia. La revista ¡Hola! abría su edición digital con un escueto entrecomillado real: "Me encuentro perfectamente". El periodista Carlos Herrera hacía lo propio desde su programa de radio de la Cadena Cope: "Me ha dicho 'estoy como un oso'". Una expresión que repitió con otro amigo, el también periodista Raúl del Pozo.

Analicemos este último sujeto y predicado. ¿Sabemos qué significa estar como un oso? ¿Qué lecturas se desprenden de la comparación con un animal grande, agresivo y peludo? ¿Acaso piensa el abuelo de Leonor y Sofía que hemos olvidado al plantígrado ruso Mitrofán? ¿Se refiere a que mantiene, como cualquiera de estos animales llegados a la edad adulta, andares lentos y pesados? ¿Es un mensaje cifrado sólo apto para entendidos, dadas las peculiaridades del lugar en el que reside, ese paraíso y ejemplo de respeto por los derechos humanos y la transparencia informativa?

A las 14:21, Eyre actualizó la información en sus redes sociales: "Hola, amigos. Una conjunción de datos, confirmados por varias fuentes, ha sido el origen de la información sobre la salud del rey Juan Carlos que he contado esta mañana. Medios oficiales de la Casa Real, sin embargo, aseguran lo contrario. Si hubiera novedades, os iré contando". Y de golpe y porrazo, dos imágenes del emérito posando durante sus eternas vacaciones disipaban las dudas. Isabel Díaz Ayuso respiró aliviada.

Pasan cosas fascinantes con el padre de Felipe VI. La que escribe nació con la lección aprendida en casa y en el colegio de que a Juan Carlos de Borbón prácticamente ni tocarlo. Que todo lo hizo bien, que prácticamente fue el artífice de la Transición con la ayuda de unos cuantos y que el matrimonio con una señora griega y vegetariana nos trajo, entre otras benévolas consecuencias, a tres querubines rubios a los que tampoco había que ponerles un pero.

Su excelsa simpatía y su indudable don de gentes atraían a dirigentes y empresarios de casi cualquier país, dispuestos a invertir en España. También a mujeres de toda edad y condición y con ellas una serie de rumores que no llegaban a publicarse en los medios pero que se debatían en los bares bajo cualquiera de estos tres formatos: "Cosas de la campechanía", "Desde luego es un Borbón" o también ese delicioso: "¡Él sí que sabe!". Vivíamos felices y no lo sabíamos. Vivíamos felices porque mirábamos para otro lado.

Dice el guionista Alberto Caballero que la monarquía debe servir para dar espectáculo, y que desde que descubrimos que Juan Carlos tiene sombras como las nuestras, tiene más sentido que la financiemos. Porque al suegro de Letizia Ortiz le gustan el vino, las mujeres y la buena vida. Es el prototipo de señor que hace las delicias de cierta derecha, ésa que tolera deslices (morales y de los otros) porque luego se expurgan en el confesionario o jugando a ser marido ideal de viernes a domingo.

Pero hay sombras que no son tan digeribles. Porque mientras la justicia trabaja para esclarecer si algunos de los comportamientos merecen castigo penal, el rey emérito continúa labrando una imagen poco recomendable con la que pasar a la historia y que empaña lo bueno que logró. Desde Abu Dabi, uno de los peores destinos que pudo elegir, dibuja un final que no le hace justicia. Aunque se sienta como un oso.