El uso del cannabis medicinal se está popularizando, sin embargo, una reciente revisión dirigida por UCLA Health y publicada en la revista JAMA pone en cuestión sus beneficios como fármaco. El trabajo, que analizó más de 2.500 estudios realizados entre 2010 y 2025, ofrece una de las evaluaciones más amplias y actualizadas sobre la eficacia real del cannabis con fines médicos y evidencia que, en la mayoría de los casos, su respaldo científico es insuficiente o inconsistente.

El equipo de investigación revisó ensayos clínicos aleatorizados, metaanálisis y guías clínicas, seleccionando más de un centenar de estudios considerados especialmente sólidos por su tamaño de muestra y relevancia. El contexto en el que se realiza esta revisión no es casual, en Estados Unidos y Canadá, más de una cuarta parte de la población reconoce haber utilizado cannabis con supuestos fines terapéuticos, especialmente para aliviar el dolor, reducir la ansiedad o combatir el insomnio. Sin embargo, tal como explica el primer autor de la revisión, el doctor Michael Hsu, existe una brecha evidente entre lo que cree el público y lo que realmente demuestra la evidencia científica.

El resultado de la investigación

Los investigadores concluyen que únicamente ciertos cannabinoides farmacéuticos aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos han mostrado eficacia demostrada, y solo para un conjunto muy reducido de patologías. Entre ellas se encuentran la pérdida de apetito asociada al VIH/SIDA, las náuseas y vómitos provocados por tratamientos de quimioterapia y algunos síndromes convulsivos pediátricos graves como el de Dravet o Lennox-Gastaut. Fuera de estos casos específicos, el panorama es muy distinto.

Aunque la mayoría de los consumidores de cannabis medicinal afirman utilizarlo para tratar el dolor crónico, las guías clínicas actuales desaconsejan situarlo como tratamiento de primera línea, ya que la evidencia disponible no muestra una eficacia clara y sostenida que justifique su uso de forma generalizada. Lo mismo ocurre con la ansiedad y el insomnio, dos de los motivos más frecuentes de consumo, para los que los estudios revisados ofrecen resultados contradictorios, limitados o de baja calidad metodológica.

Más allá de la falta de evidencia concluyente, la revisión también destaca con preocupación los riesgos que conlleva el consumo de cannabis, especialmente en formas de alta potencia. Algunos estudios longitudinales realizados con adolescentes señalan un aumento significativo de síntomas psicóticos y de trastorno de ansiedad generalizada en quienes recurren a este tipo de productos en comparación con consumidores de cannabis de menor concentración.

Además, un porcentaje relevante de usuarios de cannabis medicinal, alrededor del 29%, cumple criterios de trastorno por consumo, lo que evidencia el riesgo real de dependencia y uso problemático entre quienes lo emplean con fines supuestamente terapéuticos. A ello se suman los posibles efectos cardiovasculares, cada vez mejor documentados. El consumo diario, sobre todo mediante productos inhalados o de alta potencia, se ha relacionado con una mayor incidencia de enfermedad coronaria, infarto de miocardio y accidente cerebrovascular, lo que obliga a los profesionales sanitarios a extremar la evaluación previa antes de recomendar cualquier preparación basada en THC.

Los especialistas piden precaución a la hora de recetar el cannabis a los pacientes

Los autores de la revisión insisten en que los médicos deben abordar el uso de cannabis medicinal con una perspectiva prudente y basada en la evidencia. Esto implica revisar con atención la historia clínica de cada paciente, detectar posibles vulnerabilidades psiquiátricas o cardiovasculares y evaluar cuidadosamente si los beneficios potenciales superan los riesgos. El doctor Hsu recuerda que los pacientes merecen conversaciones honestas sobre lo que la ciencia sabe y, aún más importante, sobre lo que todavía no sabe. A pesar de la magnitud del trabajo realizado, los propios investigadores reconocen que existen limitaciones en su revisión, que no fue sistemática en sentido estricto y no llevó a cabo una evaluación formal del riesgo de sesgo de los estudios incluidos. Además, los resultados de los ensayos no siempre son extrapolables a toda la población, ya que los productos de cannabis utilizados, las dosis o las características de los pacientes pueden variar considerablemente.

Aun así, las conclusiones de este estudio aportan un mensaje claro y necesario: el cannabis medicinal no es una solución universal ni un tratamiento válido para la mayoría de las afecciones para las que suele emplearse. Su utilidad real está limitada a un conjunto pequeño y bien definido de patologías, mientras que en el resto de los casos la evidencia sigue siendo insuficiente. Por eso, los autores subrayan la necesidad urgente de promover investigaciones más rigurosas.