Los IBP como el omeprazol, esomeprazol o pantoprazol son algunos de los fármacos más prescritos para tratar el reflujo gastroesofágico, las úlceras y la acidez persistente, debido a su capacidad para reducir de forma muy eficaz la producción de ácido gástrico. Sin embargo, precisamente por ese uso extendido y a largo plazo, la comunidad científica ha seguido investigando si esta supresión mantenida del ácido podría tener consecuencias negativas en la mucosa gástrica.
Un gran estudio nórdico para despejar dudas
Con el objetivo de aclarar esta posible asociación, investigadores del Instituto Karolinska y del Hospital Universitario Karolinska llevaron a cabo un amplio estudio observacional publicado en The BMJ, basado en datos reales de población. El trabajo analizó registros sanitarios de cinco países nórdicos; Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia durante un periodo de 26 años, entre 1994 y 2020, lo que permitió evaluar el uso prolongado de antiácidos en un contexto clínico real.
En total, se identificaron más de 17.000 pacientes con cáncer de estómago, que se compararon con más de 170.000 personas sanas, emparejadas por edad, sexo, país y año calendario. Los investigadores tuvieron en cuenta numerosos factores que podían influir en el riesgo de cáncer gástrico, como la infección por Helicobacter pylori, el tabaquismo, el consumo de alcohol, la obesidad, la diabetes tipo 2 o el uso de otros medicamentos.
Además, se excluyó el uso de antiácidos durante el año previo al diagnóstico para evitar asociaciones falsas relacionadas con síntomas tempranos de la enfermedad. Tras ajustar todos estos riesgos, el estudio no encontró una asociación significativa entre el uso a largo plazo de inhibidores de la bomba de protones, ni de otros antiácidos como los antagonistas H2 y un mayor riesgo de cáncer de estómago.
Qué significan estos hallazgos para los pacientes
Aunque se trata de un estudio observacional y no permite establecer una relación de causa y efecto definitiva, los autores destacan que la calidad y la duración de los datos analizados reducen muchos de los sesgos presentes en investigaciones anteriores. Por ello, concluyen que los resultados no respaldan la hipótesis de que el uso prolongado de IBP aumente el riesgo de adenocarcinoma gástrico. Este hallazgo aporta tranquilidad a los pacientes que necesitan estos tratamientos a largo plazo y ofrece una base sólida para la toma de decisiones clínicas, siempre bajo supervisión médica.