Cuando la humanidad acabó con la amenaza nazi no podían ni imaginarse el horror con el que se iban a encontrar. Pero Romek Waisman llevaba años viviéndolo.

Con tan solo 11 años, y criado en el judaísmo ortodoxo en su Polonia natal, fue rápidamente separado de su familia tras la ocupación. Su madre, acabó en la cámara de gas de Treblinka. Él, destinado a producir munición en una fábrica alemana.

El infierno de Buchenwald

Hasta que en 1944 terminó en el campo de concentración de Buchenwald. Los niños del campo, unidos en su reclusión, pensaban que nunca llegaría el día de su liberación, hasta que el 11 de abril de 1945, los americanos entraron en Buchenwald.

Pero una vez liberados, la mayoría huérfanos, tuvieron que esperar allí otros tres meses hasta su reubicación. En ese tiempo, se prometieron contar al mundo lo que habían vivido.

La promesa cumplida

'El chico de Buchenwald', narra la historia de Waisman que, cumpliendo con su promesa, y desde Canadá, donde ahora vive, ha dedicado gran parte de su vida a la concienciación del Holocausto.

Un testimonio que, a través de la pluma de la periodista y escritora Susan McClelland, enseña cómo, a pesar del odio y la desesperanza, es posible cerrar heridas.