MÁS AÚN SI TRABAJABA EN UNA COMISARÍA

MÁS AÚN SI TRABAJABA EN UNA COMISARÍA

La cantidad de barbaridades y estupideces que tenía que aguantar una mujer en el siglo XIX

Ser mujer en la Nueva York de 1896 no era sencillo, como es fácil de suponer. La cantidad de barbaridades y estupideces que tenían que aguantar entonces frente a hombres que se creían superiores física y moralmente no solo están escritas, sino que han sido filmadas y contadas en infinidad de ocasiones. Aunque quizá los dardos más envenenados, los que más dolían, son los que venían de otras mujeres.

The Alienist
The Alienist | Agencias

MARIA JOSÉ ARIAS | @mariajoarias | Madrid | Actualizado el 19/04/2018 a las 09:21 horas

Cada vez que una nueva historia de época emerge se ponen de manifiesto ese tipo de conductas que entonces, a finales del siglo XIX, se consideraban aceptables. Viéndolas, leyéndolas, escuchándolas… los dientes rechinan, el cuerpo se revuelve y la mente da un salto atrás en el tiempo para ponerse en el pellejo de aquellas que tanto tuvieron que luchar. Esas que abrieron el camino para que las que vinimos después lo tuviésemos un poco menos difícil, aunque aún quede mucho por hacer.

En esa tesitura es en la que se encuentra Sara Howard, personaje de ‘The Alienist’, novela de mediados de los noventa que acaba de saltar a la pantalla convertida en serie. Llega a España este jueves y tiene a Dakota Fanning como rostro de esta heroína inusual para la época que destaca entre tanto personaje masculino.

Miss Howard, como pide que la llamen cuando de asuntos oficiales se trata, se quedó huérfana de madre a una edad muy temprana. Con 12 años perdió en circunstancias poco claras a su padre y pasó un tiempo encerrada en una institución mental. Educada para saber desenvolverse en un mundo de hombres, no dudó en convertirse en la primera mujer que trabajaba en una comisaría de policía.

Allí, como la placa y la porra les están reservadas solo a quienes rebosan testosterona, ejerce como secretaria de un comisario que es uno de los pocos hombres que la rodean capaz de ver más allá de su “boca especialmente rosada” y sus “brillante ojos azules”, atributos que destacaron en una reseña de crónica social que no se percató de su inteligencia sobresaliente, su valentía apabullante y una independencia contraria a la época. Así estaban las cosas entonces.

Ella decidió no acomodarse en lo que la sociedad esperaba de ella y luchó por abrirse camino en un mundo de hombres que no se lo iba a poner fácil. Y así, en su batalla por reivindicarse como mujer en todos los sentidos y no solo en el de amante madre y esposa, debe enfrenarse a diario con los dados envenenados que intentar derribarla desde distintos frentes. El sarcasmo, la ironía y el estar por encima de las convenciones son sus mejores armas como se demuestran a lo largo de los capítulos. Eso y que su padre la educase fuera de la norma.

Los primitivos, los paternalistas y las demás

Esos puñales envenenados le silban en los oídos y le llegan desde tres flancos bien distintos. Los más primitivos son los que proceden de sus propios compañeros de comisaría. Algunos se ‘conforman’ con miradas lascivas o con comentarios como lo agradable que es que haya una mujer por los pasillos. Pero otros, como uno de los capitanes que saca su masculinidad a pasear delante de ella como si fuese algo de lo que estar orgulloso, van un paso más allá, al acoso sexual directo. “Cuidado con sus enaguas. Han visto por la comisaría una rata calva muy grande”. Lo dice con ‘la rata’ entre las manos. “Yo solo veo un ratoncito rosa” es la respuesta. Cortante, hiriente y su mejor y única defensa.

El otro grupo al que debe hacer frente continuamente Miss Howard es al de los paternalistas. Si bien no tienen intención de ofenderla, actúan como si fuese una damisela en apuros que necesitase ser rescatada en todo momento. Como ejemplo, una escena. Una cena, todos hombres, hablando del macabro caso que les ocupa con todo lujo de detalles. Uno de ellos llama la atención del resto: “Caballeros, hay una señorita delante”.

¿Su respuesta? Ponerlo en su sitio. “Basta. Soy perfectamente capaz de oír lo que tengan que decir”. No había mala intención en las palabras de John, pero su actitud paternalista es ofensiva para ella porque da a entender que simplemente por el hecho de ser mujer va a desmayarse al escuchar los detalles de una autopsia.

Sin embargo, de todos los dardos, los que más hieren son los que provienen de sus congéneres. De esas compañeras de promoción que la tachan de solterona y le lanzan miradas suspicaces en las reuniones. O esa criada que cuando la ayuda a elegir el atuendo para acudir a una cena de trabajo le aconseja que se ponga guapa, un traje de noche, porque no vaya a ser que deje escapar una oportunidad de pescar marido.

Antes ellas, sus iguales, no hay ironía ni sarcasmo. Acepta el vestido y a su amiga le cuenta la milonga de que anda metida en una relación en ciernes de tipo romántico con un doctor. Reivindicarse y estar alerta continuamente es agotador. Y mucho más si hay que hacerlo con ese instrumento de tortura llamado corsé.

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