La experiencia más bizarra de mi vida

La experiencia más bizarra de mi vida

Llegué a Albacete dispuesta a continuar con mi vida sexual gracias a Tinder y esto es lo que pasó

No conseguí echar un polvo, las cosas como son. Pero sí me eché unas risas (por no llorar) al comprobar que ya conocía a todos mis ‘matches’ o que había quedado a cenar con el exnovio de la hermana de mi mejor amigo. Todo queda en casa.

Albacete nevado en enero de 2010
Albacete nevado en enero de 2010 | Archivo

Llegué a Albacete dispuesta a continuar con mi vida sexual (no nos engañemos, Tinder es para lo que es) como si todavía siguiese viviendo en Madrid. Tras tres años usándolo en la gran ciudad, ¿qué diferencias podría haber con una un tanto más pequeña (ejem ejem) como mi Albacete natal? MUCHAS.

Ilusa de mí, me dispuse a bucear entre el producto local manchego que desfilaba por la pantalla de mi Smartphone creyendo que no sería capaz de identificar a nadie. Já. “En Albacete no nos conocemos todos”, he repetido hasta la saciedad durante dieciocho años en Madrid. Pues a lo mejor en Albacete no, pero en el Tinder albaceteño SÍ.

“No te pongas nerviosa”, pensé. La cosa había empezado mal, no os voy a engañar. La primera foto que apareció ante mí fue la de Alejandro, 33 años, fisioterapeuta. “Pues muy bien”, pensaréis vosotros. Pues no porque resulta que Álex y yo ya nos conocíamos. Jovenzuelos y lozanos, ambos compartimos clase en el instituto, excursiones y borracheras durante cuatro años. Por no comentar el hecho de que, ¡sorpresa!, es el fisio de mi padre. En serio. No miento.

Hace cuatro años, mi padre sufrió un ictus y desde entonces pasa por la camilla (que no cama) de Alejandro dos veces por semana. Con que sus manos toquen a un miembro de mi familia yo creo que ya es suficiente, ¿o qué? Así pues, deslicé su fotografía hacia la izquierda (para los que no sepan cómo funciona Tinder, izquierda es que no te gusta y derecha es que sí) y me dispuse a diseccionar la ‘ficha técnica’ del que podría ser mi próximo futuro polvo.

Sergio, 36 años, militar. “Venga ya, no puede ser verdad”, pensé mientras ponía los ojos en blanco. No solo conocía a Sergio, sino que ya me había acostado con él en repetidas ocasiones hacía como diez años. Una historia que, para ser sincera, no había terminado nada bien. Os haré un breve resumen. Chica se acuesta con chico. Chica se enamora de chico. Chico no se enamora de chica. Chico y chica siguen acostándose hasta que chico se cansa, la deja y chica llora amargamente durante meses. Por supuesto, Sergio pasó a acompañar a Alejandro en el infierno de los desterrados hacia la izquierda.

Tras este inicio triunfal, al resto de ‘candidatos’ no los conocía, pero sí los reconocía. Es decir, no había cruzado palabra con ellos en mi vida pero sabía de sobra quiénes eran. ¿Los motivos? Frecuentábamos los mismos bares, los había visto hablando con amigos de amigos e incluso en algunos casos había presenciado sus besos apasionados en mitad de una discoteca con la churri de turno… En definitiva, “me sonaban”. Igualito que en Madrid, vaya.

Tras quince minutos viendo caras familiares (y cuando digo familiares es que me topé con un par de primos míos, maravilloso), decidí que el problema quizás estuviese en el rango de edad que había fijado en la aplicación.

“Debería bajarlo un poco”, me dije a mi misma. El baremo ‘de 33 a 38 años’ pasó a ser ‘de 27 a 38 años’ segundos después. ¿Funcionó? Más o menos. El problema fue que a muchos de esos jovenzuelos los había visto corretear por el ‘patio de los pequeños’ cuando yo era de las mayores del colegio. Vaya, que me sentiría como su madre si me lanzase a tener una cita con ellos.

A punto de tirar la toalla, apareció en pantalla Carlos, 29 años, ingeniero agrícola. Me alegró saber que no tenía ni pu*a idea de quién era. Me quedé mirando su foto un buen rato por si acaso. No, mi cerebro me decía que este chico y yo no nos habíamos visto en la vida.

“Perfecto, lánzalo a la derecha y a ver qué pasa”, me dije. Cinco minutos más tarde, Carlos y yo estábamos hablando. Seis caritas sonrientes después nos dimos el teléfono y ocho días de conversaciones vía WhatsApp nos llevaron a fijar día y hora para una cena informal. Lo había conseguido, tenía una cita (sexual) en Albacete. O eso creía yo.

Lo primero que me incomodó un poco de este encuentro fue que íbamos a picar algo por la mítica zona de bares de Albacete. Vaya, que la posibilidad de que me viese alguien conocido era del 100%. Que no es que estuviese haciendo nada malo, pero un poquito de intimidad y anonimato pues nunca viene de más cuando quedas con alguien a quien acabas de conocer (y más por Tinder).

Y si antes lo digo, antes ocurre. Al llegar al bar, ¡boom! Ana, una excompañera de trabajo de mi madre, entra en escena: “Pero hombre Carmen, ¿qué tal? Madre mía qué guapa estás. Ya me dijeron que habías vuelto a Albacete una temporada porque quieres irte a Los Ángeles a estudiar. Si es que claro, con lo que te gusta a ti el cine y Estados Unidos. Y más ahora que siendo freelance puedes trabajar desde cualquier sitio. Bueno, te dejo que Antonio ya ha cogido mesa”. Genial, Ana acababa de contarle a Carlos toda mi vida. ¿De qué narices iba a hablar yo ahora?

Pedimos dos cervezas y Carlos me cuenta que eso le pasa a él continuamente: “Si es que tener una cita en Albacete y esperar que nadie se entere es imposible”. Total, que me relajo y comenzamos a charlar. La verdad es que me gusta. Vive solo, trabaja en una oficina y se dedica a la venta de semillas.

“Anda, como mi amigo Luis”, replico. Su mirada me lo dice todo. “¿Luis?”, repite sorprendido: “¿El encargado de la nave industrial de semillas que está al lado de la gasolinera que hay saliendo por la carretera de Valencia que tiene una hermana que se llama María?”. Me quiero morir. “Sí”, le digo, mientras rezo a todos los Santos que conozco para que no sea el mismo. “Lo conozco. Es más estuve saliendo con su hermana. ¿Es muy amigo tuyo?”, me contesta inquieto.

“Pues a ver, querido Carlos, compartimos pañales en la guardería y hablamos todos los días del año aunque solo sea para darnos los buenos días. Y lo peor de todo es que ahora que me dices eso, sé perfectamente que le pusiste los cuernos a su hermana con tu mejor amiga y que por eso lo dejasteis”, pienso mentalmente. Genial, mi gozo en un pozo. Respiro hondo y le digo: “Sí, bastante”.

Silencio absoluto. Tras 45 minutos intentando remontar el partido, ambos nos rendimos conscientes de que no pasará nada porque tanto él como yo sabemos que sería muy inapropiado.

Así pues, me retiro a casa con la cabeza muy alta, pero con la firme intención de mandar un email de sugerencias a Tinder.

Querido Tinder: pide pruebas de ADN y pasado sentimental cuando se trate de ciudades pequeñas. Gracias. Firmado: Una albaceteña en apuros.

MARÍA JIMÉNEZ | Madrid | Actualizado el 22/03/2018 a las 01:59 horas

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