Desde hace 107 años las mujeres podemos ir a la universidad

Desde hace 107 años las mujeres podemos ir a la universidad

Cuando ellas no podían, María Elena Maseras logró ser la primera mujer que estudió en la universidad en España

Hace 107 años que las mujeres logramos el derecho al acceso a la universidad. Y no fue fácil: hubo un sinfín de obstáculos que sortear para alcanzar el nivel de estudios superiores. Fue mucho tiempo el que estuvimos recluidas en el espacio doméstico sin ninguna otra opción de proyecto de vida. Y hasta 1910 la cosa no cambió y se autorizó la matrícula en igualdad de condiciones que los hombres.

Fotograma del documental Luces de la enseñanza 1933 Facultad de Filosofía y Letras de Madrid
Fotograma del documental Luces de la enseñanza 1933 Facultad de Filosofía y Letras de Madrid | (UNED)

Sin embargo, hubo una pionera en España que se registró 38 años antes de que fuese oficialmente permitido. Ella fue María Elena Maseras, y se inscribió en la facultad de Medicina de Barcelona en 1872. Su historia, y la de otras tantas, la cuenta la catedrática de Historia de la educación, Consuelo Flecha, en su libro Las primeras universitarias en España 1872-1919. Desde entonces, se abrió una pequeña grieta que costó hacer grande, tras la que pasaron multitud de mujeres afanadas por continuar sus estudios superiores y buscar otras formas de vivir como mujer.

Como cuenta Flecha, Maseras fue la primera de un grupo de alumnas que rompieron con la convicción social mayoritaria respecto a las funciones que correspondían a su género. Y el camino no fue fácil. Tuvieron que lidiar con las suspicacias que incitaba la irrupción de las mujeres en el espacio público, algo que hasta ahora les había sido negado. Además, no quedaban exentas del martirio administrativo con el que no tenían nada garantizado.

Para empezar, Maseras tuvo que solicitar un permiso especial al mismísimo rey para continuar sus estudios secundarios, y más tarde tuvo que hacer lo mismo para acceder a la universidad. Ella, y las que le siguieron, aprovecharon una especie de vacío legal en el que no se les prohibía de manera explícita la participación en este nivel formativo. A ningún legislador se le pasó por la cabeza siquiera que alguna mujer pudiera querer estudiar. ¿Para qué iba a servirle esos conocimientos en el desarrollo de sus quehaceres como madre y esposa?

Así, mediante la petición de una autorización, un grupo sirvió de avanzadilla para conquistar un terreno que no cabía en el destino de las mujeres hasta ahora. Sin embargo, el problema venía después, como advierte la catedrática: una vez finalizada la carrera, se les negaba la emisión de sus títulos porque tenían carácter habilitante para trabajar en instituciones públicas, y siendo mujeres, no podían ejercer.

Por si no fuera suficiente, en 1882, una Real Orden establecería la no admisión de nuevas estudiantes en las universidades. Pero claro, las que se encontraban en medio de sus estudios, ya que estaban, podían continuar. Como resultado, ese mismo año, tres mujeres defendieron sus doctorados, y en 1886 se licenciaron cinco, aunque para trabajar tendrían que abrir sus propias consultas privadas.

La veda estaba abierta, y la presión de todas aquellas que ya podían imaginarse con un título superior no iba a caer en saco roto. La mentalidad estaba cambiando y no había vuelta atrás. En 1888 vuelve a darse un paso adelante: se permite que las mujeres fuesen admitidas, pero no podían realizar una matrícula ordinaria. Esto quería decir que debían prepararse mediante clases privadas para luego sí presentarse a los exámenes.

Es que claro ¿cómo iban a estar en la misma clase juntos, alumnos y alumnas? Para avalar su ingreso, debían pedir permiso al Ministerio de Instrucción Pública y conseguir que cada uno de los profesores que les impartirían clase firmara su matrícula comprometiéndose a ser capaces de garantizar el orden en el aula.

Por fin, en 1910, se abrió la universidad para las mujeres y podían matricularse igual que los hombres: sin permisos especiales y pudiendo asistir a clase. Pero aún quedaba algo pendiente: la validez de los títulos universitarios de las estudiantes.

Unos meses más tarde, se abordó la cuestión, y se reconoció la habilitación para el ejercicio profesional. Aunque, había un nuevo pero: solo podrían dedicarse a trabajos relacionados con el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Así que de nuevo, la letra pequeña, establecía unas condiciones especiales para ellas, aún cuando habían recibido las mismas formaciones que los hombres.

Telegrafistas, bibliotecarias, maestras… Su devenir volvía a estar limitado. Pero desde ese momento, la cifra que ocupaban las alumnas en las universidades se disparó. Si en el curso 1909-1910 había 21 matriculadas, en el transcurso de 26 años, el porcentaje de mujeres aumentó en en casi 9 puntos, con 2.588 estudiantes en centros españoles en 1935-36, según Consuelo Flecha.

Hasta hoy. Hoy las mujeres ocupan el 58% del alumnado en nuestro país, según los datos del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte para 2014-2015. Y ellas sacan mejores resultados que ellos. Pero cuando se trata de la inserción laboral de las que poseen estudios superiores, la balanza comienza a invertirse. Y aún se desnivela más en el acceso a las carreras, pese que a que hoy tenemos libertad (formal) para estudiar lo que queramos: solo un 28% de mujeres se matricularon en ramas técnicas en el mismo curso.

¿Harán falta otros 107 años para corregir el resto de desigualdades?

GEMA VALENCIA | @gemabunda | Sevilla | Actualizado el 22/03/2018 a las 01:58 horas

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