LA CULPA NO ES DE QUIEN ESCUCHA SINO DE QUIEN EXPLICA

LA CULPA NO ES DE QUIEN ESCUCHA SINO DE QUIEN EXPLICA

¿Es verdad eso de que sólo podemos mantener nuestra atención durante 15 minutos?

En 1978 un estudio de la Universidad de Keele determinaba en un cuarto de hora la capacidad de atención de cualquier persona. Cuatro décadas después sigue aplicándose esta máxima con frecuencia a pesar de que los expertos han demostrado que un buen orador puede conseguir mantener el interés de la audiencia durante muchísimo más tempo.

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Conferencia | Xurxo Mariño

Alfred López | @yelqtls | Madrid | Actualizado el 08/02/2018 a las 20:23 horas

Conseguir que un auditorio, aula o espectadores de cualquier evento mantengan su atención en todo momento en lo que está explicando un conferenciante, profesor o profesional que se encuentra frente a ellos, es uno de los retos que en los últimos años más empeño se está poniendo desde los sectores dedicados a la divulgación.

Durante las últimas cuatro décadas ha sido repetido hasta la saciedad un latiguillo que advertía que la capacidad de atención de una persona tan solo dura quince minutos. La idea terminó convirtiéndose en la regla de un gran número de oradores a la hora de hablar en público, de modo que empezaban sus largas ponencias con datos de máximo interés para los asistentes -que duraban aproximadamente el primer cuarto de hora-, rellenando con información irrelevante el resto de la exposición para volver a recuperar la atención de los presentes en el tramo final con una nueva remesa de interesantes aportes para poner el broche final a la ponencia.

La fórmula ha sido utilizada durante mucho tiempo, ya no sólo por conferenciantes sino también por docentes a la hora de impartir sus lecciones, cambiándose la forma de dirigirse al auditorio. Con el tiempo los oradores se dieron cuenta de que, por muchos datos interesantes que se añadan a cualquier ponencia, si esta no engancha al asistente desde el primer minuto poco o nada se puede hacer una vez se ha perdido su atención.

Actualmente los formatos de charlas, clases magistrales o ponencias se han convertido en más activas y con menos duración, poniéndose de moda eventos en los que el ponente cuenta con un tiempo limitado para exponer toda la información. Es el caso de las conocidas como charlas ultrarrápidas Ignite –de cinco minutos de duración- o las famosas charlas TEDx cuya duración ronda el cuarto de hora.

El secreto para captar y mantener la atención del público durante todo el tiempo consiste en hacerle reír, emocionarle e incluso en que se sienta identificado con parte de lo que se está exponiendo. Y esta fórmula no sólo sirve para eventos de divulgación, sino que es el modelo que también están utilizando los monologuistas en ese formato humorístico que tan de moda se ha puesto en la última década.

El origen de la teoría de los quince minutos

La mayoría de las afirmaciones sobre que la capacidad de atención se queda en quince minutos están basadas en un estudio publicado en 1978 por los psicólogos de la Universidad de Keele James Hartley e Ivor K. Davies. Titulado 'Note taking: A critical review' ('Tomar notas: Una revisión crítica'), exponía que la atención de los estudiantes durante una clase caía a partir del minuto 10 al 15. Se trata de una idea que otros muchos expertos han rebatido a lo largo de estas cuatro décadas, pero que tuvo tal difusión que ha prevalecido por encima del resto de informes que no avalaban sus hipótesis.

Hoy en día los especialistas -en oratoria e incluso en neurología- que no están de acuerdo con esta afirmación culpan de la pérdida de capacidad de atención al emisor -ponente, maestro, conferenciante...- en lugar de al receptor. De hecho, cada vez hay más personas que defienden aplicar técnicas de neuroeducación, una disciplina en desarrollo que aboga por un aprendizaje más efectivo empezando por implicar al alumno -oyente, receptor, audiencia...- en lo que se está explicando.

A través de esta metodología se ha podido determinar que la capacidad de atención no sólo no está encasillada en quince minutos, sino que puede ampliarse a todo el tiempo que el ponente desee. Lo único que se necesita es acabar con las arcaicas formas de impartir una clase o conferencia y que apenas ha variado respecto a las de los grandes filósofos hace más de dos mil años en la Antigua Grecia.

Hoy en día eventos como las mencionadas charlas TEDx funcionan porque a lo largo de tres horas van apareciendo sobre el escenario diferentes ponentes que en un tiempo limitado exponen sus ideas, vivencias y experiencias. Y así uno tras otro -alrededor de una docena por sesión- sin que en esos 180 minutos hayan hecho descender la capacidad de atención de los asistentes.

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